viernes, 18 de julio de 2014

RELATO DE HUMOR NEGRO: LA MESA.




Lo tuve relativamente fácil porque a ella le gustaban todos los alimentos ricos en colesterol, hígado de ternera, asado de cerdo con costra, bolas de pasta rellenas de pan, tocino con col verde, y así un largo etcétera. Soy cocinero, en un restaurante de la parte alta de la ciudad, sigo siendo cocinero en  nuestra casa.

A pesar de todo intentar ayudarla a pasar a la otra vida me costó buena  parte de la mía.

Después de quince años de convivencia estaba convencido de que me había casado con Martirio y no con Consolación. Hasta  aquí habíamos llegado, había aguantado carretillas, carros, carretas, y carretones.

Ya no podía más, me casé enamorado de una cordera que se había especializado en convertirse en un lobo. Desde ese fatal día en que la iglesia bendijo nuestra unión, me he levantado a las  cinco, cuando al sol no  se le veía en el horizonte, me marchaba a mis quehaceres, todo el día trajinando para que a mí regreso me la encontrara en el sofá viendo la tele y la casa sin barrer. Yo como un cabrón año tras año y ella gastando a manos llenas.

Teóricamente me podía separar, un par de años antes había hecho varios intentos, pero la señora me había parado los pies,

__Mira Bodo, que nosotros estaremos juntos hasta que Dios quiera, que yo no puedo vivir sin ti, que no te vea que miras a otra, que tú eres mío y nada más que mío, y sanseacabó.__

Y así zanjaba el tema, lo daba por terminado y no había forma de que reflexionara. Lo malo del asunto es que yo estaba hasta las trancas de una compañera que me tenía encendido, era olerla, catarla un poquito y desear desesperadamente tener un encuentro, allí en la despensa, en el obrador, o en la sala frigorífica, que nada hacía  que mis ardores se aplacaran. Desesperadito estaba, han pasado tres años y desesperadito sigo. Ya no nos vale con el horario de trabajo, ahora los dos queremos más, necesitamos dormir juntos, y compartir todo lo que nos rodea. Amo a mi chica.

Odio a mi esposa, la miro y no la puedo soportar, se me pone cara de asco.

Por eso he adelantado el proceso, ahora tengo prisa, piensa que en por qué no se me levanta, soy impotente, y me ha hecho pedir cita con el urólogo, menos mal que el tema  de las consultas va lento y  tengo tiempo de maniobrar.

__Cariño, pero que rico te ha salido este strudel__Anda ponme otro poquito!… __
Y yo dale que dale, no la dejo moverse, limpio, hago la compra, la tengo como a una reina.

Estoy muy contento, pues le ha desaparecido el cuello, ya no le vale la ropa, le he regalado vestidos nuevos, la tengo bien engañada, cada día cocino mejor, recetas más sabrosas y con más calorías.
  
Sus análisis anuales  han confirmado lo bien que trabajo, la doctora se ha enfadado mucho, le ha tomado la tensión y la tiene por las nubes, le echa una regañina y le manda una dieta muy estricta.

No me puedo permitir que la  matasanos destroce mi plan. Tenía que dar la vuelta a la tortilla.
 Y para eso necesitaba una sartén.
 Llegamos a casa, los dos preocupados, pero cada uno en lo suyo,

 Ella en dejar de comer, yo en que siguiera comiendo, ella en hacer ejercicio, yo en que no lo hiciera, vamos cada uno con sus problemas, cada uno con su bola…

Vital hacer creer a mi esposa que los dos teníamos el mismo interés.

Pensé rápidamente, el cerebro se tiene para eso y descubrí el flanco por donde seguir atacando; no me gustó la idea pero no tenía otra salida.

Lloraba quedamente e intentaba bajarse la cremallera del vestido con muchísima dificultad, comencé la estrategia acercándome por detrás y sin apenas esfuerzo conseguí deslizar dicha cremallera hasta el borde de la braga, después suavemente mi dedo índice trazo un camino desde el grueso cogote lleno de gotitas de sudor hasta la rabadilla, que era una manantial de agua. 
Sorteando y adentrándome dentro de las horribles bragas de abuela que llevaba puestas, se estremeció cuando le dije al oído lo que la deseaba, en adelante tendría cuidado con mi nariz… yo también sentí un impulso.

Ay Bodo, que me muero…de gusto. Palabras mágicas que hicieron que mi hombría alcanzara la cima, fui generoso, no la deje moverse y la convencí de que me gustaban sus carnes, hice de tripas corazón y conseguí hacerla olvidar los proyectos de su doctora.

No podía bajar la guardia, antes de irme, todas las mañanas la dejaba satisfecha, bien surtida física, emocionalmente, y con el estómago lleno a punto de reventar de pastel de mazapán  y panecillos con jamón y salami.

Llegando al restaurante, mi  chica me exigía lo que siempre le daba, las costumbres no se olvidan fácilmente,  yo respondía, y también la dejaba completa,  ahora me costaba algo más, tenía que satisfacer a dos hembras, y la gorda me daba mucho trabajo.

Para el proyecto no era conveniente dejarla demasiado tiempo sola, podría dedicarse a pensar, y eso no me interesaba. Al mediodía corría hacia casa y comía con ella un  guisado con carne de cerdo y nabos, albóndigas de pasta, un codillo, o unas salchichas con pan negro, siempre algo contundente, nos poníamos las botas, saciada  la dejaba en la cama, reposando. Con cara picarona y el guiño de un ojo le decía que  guardara energías para la tarde-noche.
Corría al súper a hacer la compra, con tanto comer, los productos frescos se acababan en un pispas. Volvía rápidamente al restaurante a  atender a los clientes, que no se les podía descuidar, de ellos salía el dinerito con el que mantenía la vida que llevábamos.   Mucho estrés había en esa vida.

Ese ritmo lo tuvo durante varios meses.

El plan de Bodo se vino al traste una noche cuando se trabajaba a Consolación, paró el ritmo, se arrugó y quietecito se quedó encima de esa bola de carne en la que se había convertido su esposa.

A Consolación le costó trabajo incorporarse con el peso muerto de su marido, él también últimamente se había puesto muy fondón.

Se colocó el camisón y pensó que  le había aguantado bastante, era hora de buscarse otro hombre más macho.

Y con esa idea siguió  más ancha que larga.