jueves, 3 de julio de 2014

RELATO DE HUMOR NEGRO: EL SILLÓN.


EL SILLÓN.



Cuando le conocí, hace más de cuarenta años, estaba sentado.
Pertenece a esa clase de personas que cuando están sentados parecen más altos en realidad de lo que son.

Prácticamente estos cuarenta años de  vida en común se la ha pasado sentado, en el sofá viendo la tele, en la silla comiendo, en el  váter descargando, le gusta practicar el sexo sentado y para más inri es taxista.

No es que yo tenga nada  en contra de los taxistas, pero durante su trabajo también está sentado.

Su mejor atributo son sus rotundas posaderas, poderosas e incluso bellas, y  eso es difícil en el género masculino.

Ciñéndonos al tema que nos ocupa, lo lógico sería que a su llegada a casa después de conducir un taxi durante catorce horas seguidas, se pusiera a andar por estar cansado de estar sentado, pero él no utiliza la lógica, ni sabe lo que es, ni se la espera.

Avancemos…Todo esto no es más que una pequeña china en el zapato, jode hasta que logras dejarla a un lado,  lo conseguí hace tiempo, lo tengo asumido. Lo que me ha costado digerir un poco más es su tacañería. Me las veo y las deseo para llegar a fin de mes, y no porque no entre un sueldo en casa, son sino dos y  muy  dignos los que figuran en nuestra cuenta corriente. Pero a  pesar de ello, él  estipuló al comienzo de nuestra convivencia una cantidad que creía razonable y que ha ido elevando según el gobierno el ipc. La cantidad razonable es exigua y todos sabemos que los gobiernos solo se preocupan de  la clase política.

La política del ahorro, es la que practica. No fuimos de viaje de novios, no fuimos…bueno no hemos viajado nunca, vivimos en una capital de provincia de una región, de un país como cualquier otro, en un pequeño apartamento, de una calle estrecha, ahora llena de coches e intransitable. Los mismos muebles que compramos de segunda mano y que ahora son verdaderas antiguallas, electrodomésticos viejos que cuando se estropean me encargo de arreglar, me he ido amoldando a una forma de vida con unas  circunstancias que requieren especial esfuerzo de adaptación y sin hijos.

Ya me lo dejó claro, nunca me mintió; los hijos son un engorro que sólo traen problemas, quebraderos de cabeza, dificultades, gastos, son huchas sin fondo, no tendremos hijos.

La rutina, el aburrimiento, la desesperación han ido amontonándose sobre mis hombros. Tengo una losa encima que como me descuide será la losa que selle mi tumba.

Mi trabajo en el instituto de formación profesional es lo único que me saca de la monotonía, imparto clases de electrónica de grado superior  a alumnos de  dieciocho años, la  enseñanza  y mi pasión por  la literatura en mi tiempo libre, mitiga la  soledad de mi corazón! ¡Uy esto me ha quedado muy lírico! Pero es verdad. Gracias a  mi amor por ella  vivo muchas vidas y todo sin moverme de esta pequeña cárcel que es nuestro apartamento.

Seguro que no entienden que es lo que me detiene para abandonar a este plomo de marido.

Pues es muy sencillo, la pasta. Me marcho y me quedo sin nada, este es un listo, todo lo tiene bien atado, cuarenta años ha tenido para hacerlo.  Después de todos estos años espero mi oportunidad.  Como el gato espera a que el ratoncito salga de su guarida para atraparlo. Todavía me queda paciencia, y el mantra que me repito en horas flacas me sostiene. “Espera a que llegue el  momento, el triunfo será dulce”.

El momento se presentó al mes siguiente en forma de un simposio de literatura en la capital, sabía con certeza que cuando se lo dijera ni me daría dinero para el viaje, ni querría acompañarme, igual que  lo sabía, lo tenía asimilado.                    
Le mentí, le dije que el instituto nos pagaba al profesorado un curso de electrónica digital, que me  vendría bien para adquirir los conocimientos necesarios y poder arreglar un viejo portátil   en desuso que se había encontrado hacía días en el contenedor de la basura cuando aparcaba el  taxi.

Eso le ilusionó, le levantó la moral, llevaba dándole vueltas a la idea de tener que pagar a alguien para resolver el problema, me había insultado llamándome inepta:
__ “Con el título que tienes deberías estar capacitada para arreglarlo__.   Me dijo.
 Y claro que lo estaba, pero no me daba la gana darle el gusto.

Yo en el insti, tenía  ordenadores a mi disposición, a estas alturas no deseaba la mierda que se había encontrado. Decidí pedir prestado el dinero que necesitaba a  una compañera, se lo devolvería.

Había conseguido lo que necesitaba, marcharme el fin de semana, estaría en la capital, tenía una coartada.

Manipulé la resistencia de la televisión dejándola preparada para alcanzar mis objetivos, en realidad poco tuve que hacer, estaba en las últimas.

Con un bolso, no teníamos maleta, cogí el autobús que me llevaba a mi liberación. No tenía remordimientos, visualizaba un camino y al final el cambio liberador.

No era difícil que saliera tal y como había previsto.

Sabía que esa noche se sentaría en el sillón delante del televisor con la bandeja de la cena, se quedaría dormido, recalentamiento de la resistencia, un cortocircuito; llamas purificadoras, casa antigua sin medida de seguridad, calle estrecha, llena de coches, los bomberos no llegarían a tiempo, un cúmulo de circunstancias negativas. Una pena. Saldría en las noticias.

Así fue, todo quedó reducido a cenizas; él incluido.

El domingo ya  en la estación cuando esperaba el autobús de vuelta, me pareció ver circulando  el taxi de mi difunto marido, pero sin nadie al volante ¡Uf, da miedo sólo pensarlo!

El incendio fue tan destructivo que me evitó las exequias.

Todos mis compañeros han sido muy cariñosos conmigo, entienden mi dolor, entienden que necesite una excedencia, entienden que vivir con alguien durante cuarenta años y perderle en un trágico accidente lleve tiempo superarlo.

Después del papeleo, tiene mandanga, he logrado saber lo que teníamos ahorrado, pensé en un millón, por supuesto de euros.

Pero sorpresa, era aún más tacaño de lo que pensaba. Entre pitos y flautas sobrepasa los dos, millones, por supuesto.

Soy libre. Una casa con vistas, viajes, ropa, muebles, todo lo que haga falta, a gastar, que lo que tenemos, no nos lo vamos a llevar al otro mundo. Hay algunos que todavía no lo saben, y así les va.

Y efectivamente la sensación de triunfo  es tan dulce como el clímax que me procura el portorriqueño que he conocido en mi viaje por el Caribe.

Ah, se me olvidaba, he devuelto el dinero prestado, las deudas son para pagarlas.

Epílogo:
Nuestra protagonista a pesar de sus sesenta y pocos era una paleta… No conocía mundo, los cuarenta años que vivió con el aburrido de su marido, la habían convertido en una gaseosa agitada que al abrirla desparrama el contenido.

Con dinero y tiempo se dedicó a viajar, todo lo que veía  le parecía exquisito, paisajes, hoteles, comidas, bebidas. Hasta que topó con su ruina, la herramienta de un espabilado portorriqueño que la dejaba pletórica  y  emborrachada de placer, convirtiéndola en una marioneta que bailaba al son de la música que el maromo  tocaba hábilmente y que le permitió dejarla sin blanca en tres meses. Después la tierra se lo tragó. Avergonzada de sus pasiones regresó a donde no debería de haber salido nunca .Volvió a retomar su trabajo, le quedaban un par de años para la jubilación, y como siempre fue muy arregladita alquiló un pisito  y con su sueldo tuvo que ir tirando.

Eso sí, por la noche lloraba  quedamente durante todo lo que le quedó de vida, pensando en lo gilipollas que había sido.