jueves, 24 de julio de 2014

RELATO DE HUMOR NEGRO: EL ESCRITORIO.




He hecho mío, pues es fiel reflejo de mi persona el dicho “valgo igual para un zurcido que para un descosido”

En mi trabajo en el ministerio, en la educación de mis hijos, en las labores de casa, soy mediocre y no tengo remedio

Valgo para todo, nada me sale perfecto. Quizá influye el agotamiento que padezco. Todas las personas que conviven conmigo  chupan rueda, como se dice en términos ciclistas.

El que verdaderamente me ha cogido el tranquillo es mi marido. Desde que nos conocimos siempre ha sabido manejarme a su antojo y con el paso de los años ha ido perfeccionando estilo.

Es controlador aéreo y por confiar en su control que siempre ha sido de pena o de risa, según se mire, me casé embarazada de seis meses. Yo estoy a su altura, todo se pega menos la belleza, ese deporte del que él pasaba olímpicamente, que nos gustaba mucho, del que no teníamos el menor control,  y  que también a  mí me llevó  tiempo  titularme, nos ha convertido en  familia numerosa.

Somos padres de cuatro hijos, los dos tenemos la misma edad, sólo nos llevamos un par de meses, nadie lo diría, en realidad nadie lo dice, me cuesta reconocerlo, pero aparento diez años más.

Estoy ajada, gastada, estropeada. No es lo mismo la maternidad, que la paternidad. No es lo mismo la vida que lleva él,  que la que llevo yo.

Trabajamos los dos fuera de casa, cuando llegamos a ella, yo sigo trabajando, él descansa.

Yo llego tres horas antes, él tres horas después, yo vengo directamente del trabajo, él directamente del gimnasio.

Él se cuida, yo cuido a los demás.

Él practica deporte, ha picoteado muchos, yo solo picoteo entre comidas.

19 PM. Suena el timbre de la puerta. Voy  a abrir, no es ninguna sorpresa, sé quién es.

__¡Cielo, vengo agotadísimo, me voy  a dar un baño!

Así todos los días.

Después de tres cuartos de hora de relax en el hidromasaje, y con un zumo de zanahoria en el estómago que le ha preparado la menda, yoga de quince minutos.

Desde que recojo a los niños del cole, hasta que él llega, he preguntado la lección al mayor, le he ayudado al mediano con las sumas llevando, aguantado las peleas de los pequeños, organizado los uniformes del cole, abrillantado los zapatos, y compuesto la lista  del súper.

Tengo asimilado que después se encierre en el gabinete para adelantar las dos asignaturas que le quedan de Ciencias Políticas.

Me ha prometido que cuando apruebe dedicará más  horas a la familia, pero los dos sabemos que no es verdad, que algo inventará como ha hecho durante estos años para hacer lo que le venga en gana. ¡Puto egoísta!

Si no fuera por el crédito que nos concedió el banco para comprar el velero que tiene amarrado en Oropesa, podríamos contratar…El sonido del teléfono me devuelve a la realidad.

Es Alberto, un antiguo amigo de la Uni, le propone una escapada de fin de semana para practicar parapente.

Durante la cena intento convencerle de que no acuda, es un deporte de alto riesgo, tengo miedo de que se lesione ¡lo que me faltaba!

El piensa que el motivo es otro, no quedarme sola con los niños, por lo tanto propone  que me vaya con él y dejemos a  nuestros hijos con los abuelos.

Los abuelos están mayores, no están para esos trotes, sólo queda una  única alternativa, la de siempre, la conocida, la segura, la habitual. Yo.

Cuando al día siguiente se lo comunico, siento que se alegra de que no vaya, porque aburro a sus amigos, y un poquito también porque se avergüenza de mi sobrepeso.

El viernes por la tarde tiene todo preparado, nos despedimos en casa, prefiero hacerlo de esta forma y que no vean Alberto, Magda y las demás parejas la cara de cabreo que se me queda.

Me espera un finde cojonudo. Y me pregunto mirando al cielo ¿Es justo?
¿Hasta qué punto influyen los deseos en los acontecimientos?

Media vida me la he pasado deseando algo que nunca se ha cumplido, por eso la teoría de que el universo se alía para conseguir un objetivo, es una pura patraña que sólo convence a los desesperados.

¿O quizá exista un ápice de verdad?

Me siento culpable. Durante la tarde del sábado mientras entretengo a los niños con el parchís  suena el móvil. Es Magda, la esposa de Alberto, primero llora, después me dice lo que no quiero oír.

Un escalofrío me recorre la columna y se abre la tierra para que yo caiga por un túnel oscuro y largo.

Horas más tarde me despierto, no sé dónde estoy, un segundo después reconozco mi cama y caras familiares. Recuerdo…  Sólo volveré a ver su cara en fotografía. Lloro.

Desde el suceso tengo a mi lado  gente que me apoya, amigos, vecinos, familia. Voy al psicólogo tres veces por semana, me escuchan, tengo tiempo para mí. El tiempo es como una aspirina, mitiga el dolor, después lo hará desaparecer.

Estoy colocando los puntos sobre las ies. Puede que hasta ahora haya vivido sin vivir.

Creo que volveré a desear otras muchas cosas, por si acaso vuelve a sonar la flauta por casualidad…