miércoles, 18 de septiembre de 2013

RELATO : EL VIEJITO.





Cuando  Raúl cumplió los ochenta consintió que su sobrina le llevara a una residencia. Se había roto una pierna y necesitaba que alguien le ayudara en el aseo diario. La señora que venía desde hacía muchos años a limpiarle la casa y a hacerle la comida no era mucho más joven que él y aquellos fríos del invierno se la llevaron . No consintió en que otra persona que no conociera  entrara en su casa y metiera mano entre sus cosas y menos aún que le hiciera la comida.

Por lo que aseguró que podía vivir solo, pero aquel día  escarmentó , se cayó en la ducha y tuvo que esperar dos días hasta que su sobrina preocupada porque no le cogía el teléfono se acercó a su casa.

La residencia estaba situada en un lugar privilegiado de Madrid  y en cuanto terminó con la rehabilitación se apuntó, raro en él, a todas las salidas que hacían . Desde al teatro  a alguna exposición.

Los años fueron pasando y dejó de salir fuera de los jardines de la residencia. Sus achaques fueron a mayores y aunque tenía ciertas dificultades para moverse  tenía una salud de hierro.

Le parecía que siempre había vivido allí, las auxiliares eran muy amables y serviciales, y las  doctoras un auténtico encanto.

En estos años había hecho  amistades, unas volvían en verano para que sus familiares pudieran irse de vacaciones ,pero la mayoría vivía allí.

Cada cierto tiempo reinaba un gran silencio en la residencia, nadie quería hablar sobre la ambulancia que aunque nadie lo reconociera , todos la sentían  salir por la puerta de atrás  llevándose con ella a alguno de sus compañeros de fatigas .

Era difícil volver a la rutina diaria y ver la silla vacía. Con suerte ingresaba un compañero nuevo al que explicar los horarios de la comida o sobre todo y muy importante los del bingo.

Cuando uno cuenta los días que la vida te va regalando  los aprecias tanto que parecen volarte entre las manos y eso mismo le ocurrió a Raúl, cuando quiso darse cuenta soplaba su tarta número noventa.

Con todos los cuidados que recibía parecía sentirse como un chaval .Su sobrina le seguía visitando todos los fines de semana , y las enfermeras le comentaban que le veían muy bien de salud. Sí , la residencia le había sentado realmente bien , en estos diez años sólo había padecido un ligero catarro, y él lo achacaba a haberse bebido la horchata demasiado fría.

Una noche sintió un frío helador que parecía entrar por debajo de su puerta, entonces  se tapó la cabeza con la sábana.

A la mañana siguiente una ambulancia abandonó la residencia por la puerta de atrás.

En la partida del bingo las auxiliares juntaron las sillas para que no se notara que faltaba una.

Todos lo sabían, había sido el de la 220, tenía dos años más que Raúl.

 Raúl quedó marcado  entonces como el más mayor  de todos . Un viejecito adorable con muy poco pelo blanco siempre peinado con raya a la derecha y empapado en colonia.

Las auxiliares le trataban como a un padre  pues muchas empezaron a trabajar cuando él ya estaba allí, y comenzaron a cuidarle  con más mimo , a la vez que intentaban que no cayera en la cuenta de que por edad  era el próximo en hacer el largo viaje.

Empezó a notar como por  las mañanas sus compañeros más cercanos en edad   le saludaban  como si comprobaran si aún respiraba.

 Los viejos de setenta andaban tranquilos por la residencia queriendo creer que  la muerte tenía  un calendario por edades y  los de ochenta vigilaban  a sus compañeros más mayores .

El compañero de ochenta y nueve años no le quitaba el ojo de encima, creyendo que hasta que no se  fuera  no le tocaría a él.

Pero la muerte no sabe de velas en la tarta, y aquel invierno se llevó a bastantes más jóvenes que Raúl.

Las enfermeras temían como enfrentaría  la noticia cada mañana. Estaba cada vez más débil y la piel parecía volvérsele transparente, le creían un ser muy frágil.

Aquella noche,  sintió de nuevo el viento helado pasar por delante de su puerta, se tapó de nuevo la cabeza con la sábana y con la linterna encendida sacó su libreta llena de tachones, y de nuevo  apostó consigo mismo a que era el de la 216.

Y como siempre ganó.