lunes, 8 de abril de 2013

CUENTO : EL MIRLO . TERCERA PARTE.

  EL MIRLO



Ni una miga dejó el Mirlo, y tampoco ni una sola llevó a la Mirla ni a sus polluelos.

Cuando llegó la noche y el Mirlo volvió al nido para dormir, se encontró a la Mirla que llena de rabia le dijo a la cara lo mal padre que era por no llevar un solo gusano a sus polluelos.

El Mirlo empezó a estar harto de las exigencias de la Mirla.

--Siempre está pensando en ella… ¡ Vaya Mirla más egocéntrica!.—Se dijo el Mirlo.

Y harto de escucharla a ella y a sus cinco polluelos que piaban desesperados por algo que comer, el Mirlo decidió irse a pasar la noche en el alfeizar de la ventana.

Cuando el Mirlo llegó se puso a cantar para que la señora de la ventana le sacara su plato con las miguitas y se apoyara en la ventana como hacía todas las mañanas para disfrutar sus hermosos trinos.

Estuvo un buen rato cantando y cantando pero dentro de la cocina no se oía ningún ruido.

Pero de lo que no se dio cuenta el Mirlo es que sus cantos nocturnos  atrajeron a los pies de la ventana a más de un gato extrañado por oír a esas horas cantar a un pájaro. La ventana estaba situada en un cuarto piso , por lo que los gatos no podía subir a por el Mirlo, pero sus constantes trinos hacían que los mininos no fueran capaces de irse, y le siguieran observando desde abajo.

Al poco rato una luz alumbró el pasillo de la casa.

El efecto de la luz del pasillo hizo que el Mirlo ,que estaba enfrente de la ventana se viera reflejado en el cristal. El Mirlo  no sabiendo  que ese era su propio reflejo se asustó ,pues delante de él creyó ver  al  mirlo más grande de entre todos los mirlos que  había conocido.

Luego pensó que tal vez ese mirlo cantara mejor que él , y a la señora de la ventana le gustaran más sus trinos. Entonces se quedaría sin sus lombrices y sin sus ricas y jugosas migas, y eso no lo podía consentir.

 Y el Mirlo se dispuso a defender lo que creía que era suyo y solamente suyo.

--¡Vamos! .—Se dijo el Mirlo.—Si no he compartido una sola miguita con la Mirla , no voy a dejar que este mirlo al que no conozco de nada se lleve lo que es mío por derecho.

Entonces chilló al otro mirlo, que desde luego le chilló a él a la misma vez.

El Mirlo levantó las alas amenazadoramente, y por su puesto su propio reflejo hizo lo mismo.

El Mirlo abrió el pico desafiante, y el cristal de la ventana le devolvió el mismo gesto desafiante.

El Mirlo  creyó que no había otro remedio más que defender a picotazos su territorio, puesto que el otro mirlo, que en definitiva era él mismo, no tenía ninguna intención de abandonar el alfeizar de su ventana. Entonces cogió velocidad y corriendo se lanzó contra su propio reflejo en la ventana. Rebotó , y al mirarse en el cristal y verse a sí mismo con un ala rota  y  sangrándole la cabeza, creyó que era su contrario el que estaba bien dañado, y eso le dio fuerza para volverse a enfrentar con su enemigo fantasma.

Pero del golpe que esta vez se dio contra el cristal ,rebotó tan lejos que no pudo mantener el  equilibrio en el alfeizar y cayó directo hacia el suelo.

Allí, los gatos con el estómago bien vacío, le recibieron sorprendidos pero muy agradecidos  al verle  bien gordito , pues  el Mirlo desde que conoció a la señora de la ventana no hacía más que volar del nido al alfeizar , ponerse hasta arriba de lombrices y de migas de magdalenas , cantar todo el día y volver al nido a dormir.

El  Mirlo no tenía sus alas en condiciones de volar. Su  egoísmo al no querer colaborar en el mantenimiento de  su propia familia hizo que él mismo se buscara su fin.

Cuando el Mirlo miraba a los ojos de los gatos mientras estos se relamían , pensaba que tal vez si hubiera sido capaz de compartir algo de lo que él tenía con la Mirla y con sus polluelos  ahora no se encontraría en esta situación. 

Pero ya era tarde, el Mirlo se dio cuenta de que las cosas hay que hacerlas en su momento y en unos minutos del Mirlo no quedaron más que un par de plumas.






Aquella noche, la Mirla en su nido intentaba calmar como podía el hambre de sus pequeños y hambrientos  polluelos,  esperaba  pacientemente la salida del Sol para ir a buscar personalmente comida para ellos pues se había dado cuenta por fin, de que con el  Mirlo  no podía contar.

Y la noche pasó , pero la pobre Mirla no pudo pegar ojo pues los polluelos no dejaron de piar en toda la noche.

A la mañana siguiente la señora abrió la ventana esperando volver a oír los trinos del Mirlo, pero en cambio tan solo escuchó el  silencio.

Viendo unas plumas negras en el  alfeizar y manchado de sangre el cristal de la ventana, se dio cuenta de que aquella noche algo le había ocurrido al Mirlo . Y debía ser grave, pues desde hacía unas semanas el Mirlo no faltaba ni un solo día para con sus cantos alegrar sus tristes mañanas.


CONTINUARA...