domingo, 7 de abril de 2013

CUENTO : EL MIRLO . SEGUNDA PARTE.


CONTINUACION  DEL CUENTO : EL MIRLO





Luego  , sin ni siquiera darse cuenta de cómo había ocurrido aquello , la pobre Mirla empezó a poner un huevo, y al día siguiente   otro y  al otro día otro, y otro día  otro huevo más, cuando creía la Mirla que aquello no iba a parar nunca, paró,  pero primero puso al siguiente día  un último huevo.

--Cariño .—le dijo la Mirla al Mirlo.—Creo que vamos a tener cinco hijitos dentro de unos catorce días.

--Ummmmmm.  ¿ Y ….?   ---Le contestó el Mirlo mientras terminaba de tragarse la última mosca que le había puesto de cena la Mirla.

--Pues que habrá que hacer provisiones de gusanos, lombrices, mosquitos… No sé , tal vez un poco de todo.—Le contestó sensatamente la Mirla.

--Cariñito mío.—Le contestó el Mirlo  mientras la pasaba un ala por la espalda.—Yo estoy ocupado afinando la nota musical “La” para que la señora de la ventana esté aún más contenta con mis dulces trinos.--¿No podrías tú encargarte de eso ?.

Así demostraba el Mirlo que le importaban más sus cantos que la familia que prometió proteger, y la Mirla, como una mirla tonta,  asintió con la cabeza y al día siguiente salió a buscar ella sola algún alimento para cuando nacieran sus polluelos.

Pero esa misma tarde  la Mirla sintió un calor muy especial y supo que tenía que trasmitírselo a sus huevos, por lo que se tumbó encima de estos y les comenzó a dar el calor que necesitaban para poder desarrollarse.

Mientras,  el Mirlo  seguía yendo a visitar a la señora de la ventana que antes de que el Mirlo llegara ya había limpiado el alfeizar  y le estaba esperando con un plato lleno de unas jugosas migas de magdalenas . Nunca le llevó una de esas miguitas a la Mirla, no fuera a ser que a la Mirla le gustaran y abandonara el nido por aquel alfeizar en la ventana.






No , el Mirlo se guardó ese  secreto  para él, tan sólo le contó a la Mirla para demostrarle que lo que le había dicho de la ciudad era cierto, que allí podían encontrase  lombrices más gorditas que en el campo donde vivían antes.

Cuando se ponía el Sol  era cuando el Mirlo se acordaba de la Mirla y de que ella le estaba esperando en el nido.

--¡Jolín !. – Se quejaba el Mirlo.— ¡Todo el día allí sentada y encima tengo que llevarle la cena!.

Sí, la cena .Porque desde que el Mirlo se iba por la mañana a entonar sus preciosos trinos, dejaba a la Mirla sola. Sola con sus cinco huevos y con un gran dolor de espalda y de patas, pues hay que entender que la Mirla en realidad no estaba tumbada, sólo se mantenía encima de los huevos para poder incubarlos dándoles el calor que estos necesitaban.

¡ Pobre Mirla!  . Ella siempre creyó que cuando el Mirlo amoroso le hablaba al oído   de crear  una  gran familia  la cuidarían entre los dos, pero ahora ya hacía cinco días que el Mirlo no regresaba al nido hasta que aparecían las primeras estrellas en el cielo.

Pero el Mirlo volvía con una sola  lombriz para ella. La Mirla no había comido nada en todo el día y aunque estaba medio muerta de hambre ni una sola vez se le pasó por la cabeza el dejar a sus huevos solos e ir a buscar algo que llevarse al pico.

Entonces, el Mirlo al ver como de un solo picotazo se comía  la lombriz pensó que su Mirla era en definitiva una tragona y una egoísta, pues ni siquiera antes de engullir  a la lombriz le había preguntado qué tal le había ido el día entonando  sus cantos.






Luego, ya muy tarde antes de irse a dormir, el Mirlo que se había echado una buena siesta se puso a cantar pues no tenía sueño.

La Mirla  con el cuerpo molido y con un hambre atroz, le pidió que se callara y la dejara dormir.

El Mirlo pensó que su Mirla era una desagradecida. El,  que le había sacado del pueblo para llevarle a esa urbanización en la que agradecían sus cantos y se podían comer ricas migas de magdalena, no apreciaba su voz.

--¿Qué se puede esperar de una Mirla que se ha criado en un pueblo en el que no apreciaban mis trinos?.—Se quejaba el Mirlo mientras se acurrucaba entre las pajitas que había colocado la Mirla con tanto esfuerzo después de empujar a la Mirla y a los cinco huevos a un rincón del nido.

Ya tenía bastantes notas musicales la Mirla bailando  en su cabeza, puesto que desde su nido la Mirla oía todo el santo día cantar al Mirlo.  Cuando el Mirlo callaba, a la Mirla se le hacía el pico agua , pues se imaginaba como el pájaro comía todas las lombrices que tan detalladamente le contaba por la noche que había encontrado en los tiestos de la mujer de la ventana.

A los catorce días de empezar a incubar los huevos, la Mirla comenzó a notar en estos  unos movimientos extraños.

Y poco a poco todos los polluelos salieron del cascarón. La Mirla se sintió la mirla más feliz del mundo, pero cuando quiso compartir esa felicidad con el   Mirlo este ya había volado hacia el alfeizar de la ventana. Allí tenía una seguridad absoluta de conseguir fácilmente lo que volando por los arbustos le hubiera costado. En cuanto se puso a entonar sus preciosos trinos, la señora de la ventana la  abrió   y descorriendo  el visillo  le puso delante de él su acostumbrado plato llenito de migas de sabrosas magdalenas.

 CONTINUARÁ...