martes, 9 de abril de 2013

CUENTO : EL MIRLO. CUARTA Y ÚLTIMA PARTE


CONTINUACIÓN Y FINAL DEL CUENTO   " EL MIRLO".




La señora de la ventana pensó que tal vez el Mirlo tenía su nido cerca y quizá allí abría alguien esperándolo.

Preocupada salió al jardín intentando encontrar algún rastro del nido, llevaba con ella las lombrices que tanto le gustaban y sobre todo un par de hermosas magdalenas.

 Justo cuando llegó al garaje,  en la rama cuarta del olmo tercero según se entraba vio un nido lleno de polluelos que no dejaban de piar.

La señora no quiso acercarse mucho para no asustarlos, pero creyó  reconocer en esos piares los trinos de su Mirlo. Con mucho cuidado dejó debajo de este los alimentos que había traído, y se retiró detrás de un árbol próximo para 
 observar lo que pasaba.

Cuando la Mirla vio a alguien  poner esas gorditas lombrices en el suelo recordó lo que el Mirlo le contaba de la señora de la ventana y de sus tiestos, y entonces presintió que al Mirlo no le vería más.

Antes de que las lombrices se escondieran entre la tierra la Mirla una a una se las dio de comer a sus polluelos, que sin decir este pico es mío se las tragaron en un santiamén.

Pero los polluelos seguían piando y aunque después de tantos vuelos y de tener el estómago vacío, porque ni una sola lombriz se comió la Mirla, esta decidió bajar de nuevo al suelo por si aún quedaba alguna lombriz. Y entonces vio a la señora de la ventana acercándose despacio con una mano extendida. La Mirla estaba demasiado cansada  como para huir, y dejó que la señora se acercara.

 



De trocitos de  lo  que tenía en la  mano  la señora  salía un olor muy agradable, igual que el que traía el Mirlo todas las noches.

¿Sería por aquello  que el Mirlo pasaba fuera de casa todo el día?.

Con cuidado, intentando no picar la mano de la señora, la Mirla fue miga a miga subiéndoselas a sus hijos y menos una miga que le resbaló sin querer  por la garganta no fue capaz de comer nada hasta que sus polluelos tuvieron el buche bien lleno.

Como la Mirla no sabía cantar como el Mirlo,  al día siguiente muy de mañana, con su pico cortó la rosa más olorosa que encontró en la rosaleda , y se la dejó en el alfeizar de la señora de la ventana. A partir de entonces la señora , todos los días  encontraba una rosa fresca en su ventana. El aspirar el olor de esa rosa, hacía que la señora se sintiera reconfortada y  la Mirla, mientras la miraba de lejos  se sentía orgullosa .Ella no sabía cantar pero sentía que con su rosa la señora de la ventana se sentía más feliz.





Unas semanas después, la Mirla animó a sus hijos a abandonar el nido e independizarse pues ya estaban lo suficientemente grandes como para construirse sus propios nidos.

Y aunque ellos ya podían valerse solos se quedaban debajo del nido piando sin cesar hasta que la Mirla  desesperada por sus piares salía a buscar mosquitos y bichos para sus hijos.

Ella no quería molestar a la señora de la ventana, por lo que debía trabajar todo el día muy duro pues sus hijos eran cinco y se pasaban el día comiendo.

La Mirla volaba y volaba por el jardín trayendo a sus hijos comida hasta que se  dio cuenta  de que igual que el Mirlo se había aprovechado de ella ahora lo estaban haciendo sus hijos, por lo que tomó la determinación de darles un último aviso. Debían volar solos y buscarse su propio sustento o ella ya no les ayudaría más.

La señora de la ventana echaba de menos al  Mirlo en su ventana, pero podía oír sus trinos resonar por todo el jardín.

Ella suponía que eran sus hijos que ya habrían formado sus propias familias.

Pero un día al salir con su coche del garaje observó cómo cinco pájaros ya  bien crecidos  como para haber hecho sus propios nidos, suplicaban en las ramas cercanas del nido comida a su madre.

Entonces miró al nido y vio a la Mirla, cansada, manipulada,  triste  y sola. La Mirla mientras pensaba cual podía ser el porqué de que el Mirlo jamás compartiera con ella el secreto de las migas de la ventana lloraba tanto , que casi ya ni oía a sus hijos piar.

La señora de la ventana se miró en el espejo retrovisor del coche  y pudo ver la similitud que tenía su vida con la de la Mirla e igual que la Mirla lloró.

            FIN




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Saludos de Lola y Patricia.